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Nobu

Nobu era un perro viejo pero amigable. Cuando llegaba al edificio siempre me saludaba con un resonante awuff, acostado al lado de la puerta principal. Creo que le caía bien, de vez en cuando me dejaba acariciar su hocico salpimentado por la edad. Nobu era perro de nadie, todos en el edificio lo conocían pero nadie era su dueño. Quizás él era su propio dueño, rondando por la vida haciendo de las suyas amigando con los inquilinos, pero creo que tenía una afinidad conmigo. Muchas veces me preguntaron si era mi perro, y aunque me habría gustado decir que sí, algo en mí no podía. Nobu era su propio dueño, y no iba a inflingir en eso.

Nobu a veces se paseaba por mi departamento. Dudo que la otra gente lo dejara entrar a los suyos, pero para mí la compañía de un perro viejo y gruñón como yo siempre fue bienvenida. Me acompañaba a comprar a veces, en mis viajes a las librerías del centro buscando libros interesantes, o al negocio de la esquina. Era un perro lento, siempre tenía que caminar más lento con el para que no perdiera el ritmo. En cierto modo me enseñó a ser más introspectivo y lento también, una protesta en contra de la vida ajetreada del gran Santiago.

Mientras Nobu y yo íbamos envejeciendo notaba cómo él se adueñaba de mí. Pasaba más tiempo en mi departamento, dormía a los pies de mi cama. Le daba baños y lo llevaba al veterinario. Hasta le compré hasta un collar de cuero, grueso y firme, con su nombre en un huesito de plata. Nobu. Para ser sincero, el nombre se lo puse yo secretamente. Para los otros inquilinos Nobu era simplemente "el perro del edificio", pero para mí era mi mejor amigo.

Mis últimas semanas con Nobu fueron como todas las demás. Pasaba echado en mi sofá viendo cómo trabajaba, y de vez en cuando dejaba unos suspiros cortos haciéndome saber que quería que lo acariciara, pero más allá de eso nada sucedió. A veces lo escuchaba aullar calmamente para sí mismo, como si nadie fuera a escuchar. Se acostaba a mi lado a la hora de dormir, y se quedaba así toda la noche, acurrucado y sin moverse.

Por eso me sorprendió tanto que un día simplemente desapareciera. Nadie en el edificio sabía donde había ido, o sabía siquiera de qué estaba hablando.